Presentación: Violeta


¡Muy buenas! Mi nombre es Violeta y toco el violín en Vael. Os voy a contar un poco acerca de mí y acerca de lo que hago tanto en el grupo como fuera de él. ¡Bienvenidos!

Quién es «la del violín»

Nací en Linares, una ciudad de la provincia de Jaén, hace ya un tiempo, solo diré que cuando yo era pequeña aún no había fotografía digital. Allí fue donde me crié, donde crecí y también donde comencé mis estudios musicales. Todo empezó porque vi en la tele un anuncio de un violín de juguete y se lo pedí a mis padres. Ellos me dijeron: «¿No prefieres uno de verdad?». Y yo, que a esa edad ya tenía claro todo lo que quería en la vida (no), les dije que sí. De este modo me vi estudiando en el conservatorio durante los siguientes 10 años, entre Linares, Jaén y Córdoba.

Además de los estudios reglados, en mi casa había mucho amor por la música. De mi abuela Rafaela me viene la afición a la copla y a las folclóricas de pura cepa, como Concha Piquer. De mi padre, que es aragonés, no me vino el gusto por la jota pero sí que aprendí que eso existía y también aborrecí a los Rolling Stones, que a él le gustaban mucho y a mí muy poco, jajajaja. De mi madre heredé el amor por el rock de los 70 y la psicodelia. Además, en casa escuchábamos Diálogos 3 cada tarde, un programa de radio que se ocupaba de divulgar las nuevas corrientes del folk y el New Age. Allí descubrimos a grandes artistas durante los 90 y principios del 2000, sumándose a mi lista de influencias nombres hoy tan sólidos como Loreena McKennitt, Alasdair Fraser o Hedningarna, entre otros.

Con 14 o 15 años, intercambié las primeras cintas de cassette y cds regrabados con compañeros del instituto que me abrieron las puertas del heavy metal más variopinto. Entre todo esto —y mucho más que no voy a contar aquí para no dar la chapa— fui desarrollando una mentalidad musical bastante abierta, cosa que se materializó en Vael cuando acabamos tocando Despacito al terminar un concierto, para regocijo mío y de parte del público. Perdonadme, no puedo garantizar que no vuelva a ocurrir.

Sigamos con la historia: dejé el conservatorio en el último año de Grado Superior y comencé la carrera de Magisterio en Educación Musical. Entretanto, seguí practicando música pero esta vez de manera más libre, componiendo junto a mi gran amigo y músico Antonio en proyectos que no llegaron a materializarse demasiado, como Conjunto Vacío y The Shamrocks. También formé parte de algunas orquestas y grupos de cámara, y también de un grupo de BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) mientras estudiaba en la universidad.

En un concierto de violín y piano, junto a mi amigo Antonio, en 2001

Después de graduarme me mudé a Madrid. Aquí también estuve entrando y saliendo de proyectos que, o bien no terminaban de cuajar o en los que yo solo me ofrecía para colaboraciones esporádicas. Conocí a Jose, actual guitarrista de Vael, y juntos hicimos muchas cosas interesantes por entonces. También colaboré con Llvme en una canción preciosa de su disco Fogeira de Sueños, componiendo e interpretando una melodía para el tema Vaqueirada.

Tras esto, debido a factores diversos, entre ellos el cierre de una escuela de música en la que trabajaba, me desmotivé muchísimo y lo dejé. Este paréntesis musical duró unos 7-8 años durante los cuales me centré en otros aspectos de mi vida —como buscar un nuevo trabajo con el que ganarme el sustento— y encontré refugio en una de mis aficiones más queridas: la escritura.

Realmente, durante un tiempo llegué a pensar que mis días como intérprete habían llegado a su fin y que no volvería a tocar el violín de manera constante… hasta que apareció Vael.

«Que no sea mucho compromiso»

Si habéis leído la primera entrada del blog, en ella Dani explica un poco el modo en que nació el proyecto así que no me voy a repetir.

Yo había conocido a Dani por razones que nada tenían que ver con el folk: coincidimos en una quedada de World of Warcraft —¿se puede ser más millennial?—, nos hicimos amiguetes y un día, mucho tiempo después, me ofreció participar en un proyecto musical. Yo no lo tenía muy claro, la verdad, pero me pareció que era algo que podría venirme bien en esa etapa y me apunté, con la condición de que no fuera mucho compromiso.

La cosa no terminaba de definirse y pronto el proyecto entró en barbecho. Un tiempo después se dio la situación adecuada para regresar. Esta vez, creo que era el momento preciso para todos: de «que no sea mucho compromiso» pasamos a ensayos semanales, a ideas claras y objetivos bien definidos. Y la sensación, siempre agradable, de que lo que hacíamos tenía una dirección y una trayectoria.

Tocando con Vael en San Isidro, 2018. Foto: Carmelo Peciña

La banda se completó con la llegada de Camilo y Tere, y finalmente, cuando mi buen amigo Jose (el que mencioné más arriba) regresó tras pasar varios años en Barcelona, me puse ultra pesada para que fuera incluido en el proyecto. No hizo falta que insistiera mucho. Cuando Jose llegó al local el primer día para ver qué tal se le daba eso de tocar con nosotros, ya estaba haciendo propuestas y aportando una riqueza armónica que nos dejó a todos alucinando. Los compañeros fueron unánimes al dar un rotundo «sí».

De modo que en cosa de un par de años me encontré en un grupo estable, rodeada de antiguos y nuevos amigos y recuperando la ilusión por la música como nunca pensé que podría hacerlo.

«Se nota que hoy no has venido»

Una de las cosas que más me gustan de Vael es que siempre se nota mucho cuando alguien falta. Cada uno de nosotros aporta cosas concretas, tanto en lo musical como en lo personal, que complementan a los demás. Y al igual que todos, yo también tengo mi parte.

Como violinista soy un tanto atípica. No me gusta mucho llevar la voz cantante y prefiero moverme en tonos graves. Mi estilo es muy expresivo, emocional, y trato de huir de las estridencias y del virtuosismo, no porque tenga nada en contra de este último sino porque no es mi objetivo y, sinceramente, tampoco está a mi alcance.

Se me dan especialmente bien las melodías, lo cual a veces es problemático, porque me salen cosas muy pegadizas. Así que cuando queremos descartar alguna es complicado olvidarla y mis compañeros me maldicen, jajajaja. También se me da bien «rellenar huecos» y, en general, mis intervenciones van muy dirigidas a apuntalar lo que haga falta en cada canción, ya sea ritmo, fondo o líneas melódicas.

Jasper bailando a tope, como debe ser

A nivel personal, suelo ser muy bromista y trato de hacer lo que está en mi mano para que todos estemos a gusto y la moral se mantenga alta. Pero también soy organizada, responsable, realista y seria, al menos lo necesario para proyectos como este.

Una de las aportaciones de las que más orgullosa me siento en Vael es la letra de Verde Olivo, dedicada a mi tierra, y que mis compañeros hicieron suya de manera espectacular, la abrazaron y le dieron un amor impresionante. Siempre me emociona escuchar cómo la cantan. ¡Y también me siento muy orgullosa de ser la dueña de Jasper, el Robot Folkie!, que nos acompaña a todos los viajes y conciertos.

Otras cosas que hago

Aparte de mis aventurillas musicales con Vael, actualmente reparto mi tiempo entre muchas actividades. Trabajo como correctora y asesora editorial, un campo en el que me formé en 2013 y que se ha convertido en una profesión en la que, por ahora, estoy a gusto. También soy profesora de música y, aunque actualmente no ejerzo, me apasiona la educación y trato de mantenerme actualizada.

Sigo escribiendo y hago mis pinitos con la música electrónica. Y también juego a videojuegos y al rol, hago memes y paso tiempo con mi pareja, amigos y familiares.

Con Vael, en un concierto didáctico en la Noche de los Candiles, 2018. Foto: GH Records

Soy una persona muy urbana, me apasionan las grandes ciudades y la estética cyberpunk, los robots, los aliens y la ciencia ficción, entre otras muchas cosas, así que me considero folkie de ciudad, jajajajaja. Puede sonar raro o incluso contradictorio, pero para mí la divulgación del folk no solo debe limitarse a perpetuar lo que ya hay en la tradición, tal y como está. Eso es necesario, pero también hacen falta creaciones nuevas basadas en esas tradiciones, dotadas de una vitalidad y una cierta evolución para que puedan llegar al futuro como algo actual, vigente e interesante. Personalmente, me gustaría ser capaz de transmitir a través de la música esa esencia atemporal que nos hace sentir parte de una misma raíz.

Y sobre todo, transmitir lo que yo he sentido con Vael: que la música nos une y nos pone en contacto. Nos reencuentra con los demás y con algo esencial de nosotros mismos. Algo que a veces creíamos haber perdido… pero solo estaba ahí, esperando el momento adecuado.

¡Paz y amor!

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *